En mi taller de dramaturgia estamos entrando en una nueva etapa. Ahora además de intentar extirpar escenas con contenido dramático de nuestros inconcientes, resulta debemos conectarnos con nuestros cuerpos, relacionarnos con lo actoral que llevamos dentro y animarnos a expresar quienes somos desde ahí... ¿queda claro?
En el ejercicio de hoy tuve que exponer en forma de relato, mi relación con la actuación. Al escuchar mi triste historia, mi profesor, y maestro, me ha intimado a que hoy mismo lo ponga por escrito. Sin escatimar demasiado detalle (por esto, me disculpo). Acá va...
No puedo contar como experiencia actoral, los personajes (generalmente masculinos) que me tocaban invariablemente en el colegio de monjas al que asistí(varones no había, y los personajes femeninos les tocaban a las chicas lindas). Tampoco se apreció nunca en el ambiente teatral que fui seleccionada entre muchas chicas que curtían la parroquia, para hacer de Maria Magdalena en un Via Crucis Viviente en Plaza Francia.
Mis primeras clases de teatro en serio fueron con Roberto Saiz en San Telmo. Corría el año '84 (me encanta poner "corría el año tal"... efectivamente los años corren y apenas los alcanzo). Estaba cursando cuarto año de Derecho y se me permitía este "jobby". A mi padre, que aclaro es un muy buen tipo, le tranquilizaba que yo repitiera cada tanto que era efectivamente un "jobby".
Como a todos, a mí también las clases de teatro me volaban un poco las neuronas. Algunos compañeros (que hoy integran una banda de humor capaz de investigar un suicidio colectivo de pingüinos) se habían pasado al Conservatorio (Nacional de Arte Dramático en la calle Araoz). Yo, en cambio, seguía cursando Derechos Reales, y aprendiendo de memoria las causales de la excepción de incompetencia.
De repente se me dio una posibilidad imperdible: estudiar teatro por un mes en
una escuela de Nueva York. Mi maestro Roberto me preparó y me mandó cual paloma herrera con mi monólogo de Juana de Arco de Shaw fotocopiado, memorizado y dobladito en el bolsillo minúsculo de mis jeans rosas (de marca Hugs). Camuflada como una inocente visita a mi hermana, dí una audición de la san p con lagrimas y mocos verdaderos, y me aceptaron. En Buenos Aires estaban todos felices con mis éxitos. (Mi mamá especialmente porque hubiera querido ser actriz
y famosa. Mi papá felízmente preocupado...)
Este fue mi segundo paso en el teatro se me terminaron de volar las neuronas, quedando la última ahí en Madison Avenue, estacada con dendrita, mielina y nudo de ranvier (Anatomía, 4to año, bachiller. Para estas inutilidades tengo memoria).
Al poco tiempo terminé la facultad, y llegó el momento de la verdad. -Esta es la parte que me da mucha vergúenza.- Quería volverme a Nueva York pero no tenía plata. Quería ser moza, conseguir algún jeito en la off-off-off... se me hacía agua la boca de sólo pensarlo. Además había un tipo (cherchez il "
tippe")... me encantaba ... el más espléndido de todos los "
tippes"... y quería concretar algo que había quedado insinuado. Mi papá, ahora infelizmente preocupado, me propuso que si entraba en una buena escuela de teatro, él vendería nuestra casita en Miramar para que pudiera ir. Decidí hacer la prueba en la Juilliard y Yale Drama School, las dos escuelas más prestigiosas de actuación. Tiré la moneda: Si esto era lo mío se tenía que dar. Sino, en marzo me esperaba la entrega del título y la jura de la bandera.
Era un enero muy frío. Me preparé como pude un monólogo clásico y uno moderno. Cuando llegué a la Juilliard, me dieron un numerito, 667. Había seis vacantes.
Continuará mañana...